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| Asombros
del demiurgo, revista Arquitectura Cuba, 2003 y
catálogo de la exposición Espejismos, 2003 por David Mateo |
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Llevan
mucha razón aquellos que han afirmado que la pintura de Arturo Montoto
es extremadamente culta, ilustrada; que todo en ella, desde la preeminencia
del signo hasta la noción de la antítesis, de lo teatral con sus afeites del barroco, ha sido
urdido tras la más rigurosa e imperturbable racionalidad, la cual puede
llegar a parecernos a veces un tanto elitista. Muy poco queda por
añadir a lo que han dicho sobre el tema algunos de nuestros más acuciosos
críticos de arte, y créanme que no son pocos los que han comprometido
en ello su palabra en más de una oportunidad... Yo mismo no me perdono
el haber llegado tarde a ese concierto de ideas, pues
de todas las personas o amigos con los que Montoto ha compartido proyectos
en los últimos años, quizás sea yo uno de los que más cerca ha estado
de sus agonías y obsesiones por el conocimiento; con quien más tiempo
haya consumido de pláticas en aras de aguzar una hipótesis, una traducción,
o una idea curatorial; quien le
ha servido de cómplice incondicional en algunas de esas larguísimas exploraciones
suyas por las librerías, en las que termina extenuado, pero sin permitirse
la impiedad de no llevar a casa tres
o cuatro ediciones de primerísimo orden, casi imprescindibles.
En realidad es cosa
inobjetable el fundamento de erudición sobre el que se asienta la obra
de Montoto, la ajetreada inmersión en lo cognoscitivo que antecede a cada
uno de sus partos artísticos. Sin embargo, nadie ha tratado de llamar
la atención hasta el momento, no sé si por disociación o simple arrogancia
intelectiva, acerca de la considerable trascendencia
popular –y que me perdonen Montoto y sus devotos si empleo un calificativo
que rehúsan tanto, a falta de otro más explícito- que ha comenzado a tener
su obra en los últimos 2 o 3 años,
sobrepasando en buena medida la notoriedad de figuras emblemáticas de
la plástica cubana contemporánea que le antecedieron.
Debo aclarar que
no se trata de un fenómeno exclusivo de la repercusión de sus exposiciones,
verdaderos acontecimientos culturales a los que asisten ya toda clase
de público: especialistas y neófitos, estudiantes y mercaderes, artistas
y aficionados; sino de un hecho artístico que comienza a expandirse sin
reparos hacia el sustrato de valores perceptivos y estéticos de una parte importante de la sociedad. Y es que a Montoto
ya casi todo el mundo lo conoce, así literalmente hablando. Los que no
pueden soñar siquiera con atesorar un original suyo, por los altos precios
que ha ido adquiriendo en el mercado internacional, en su defecto lo que
hacen es colgar esas impecables reproducciones off-set que con gran celo
imprime cada año su esposa y representante María Eugenia López Rossitch
(1); los
niños lo reconocen de inmediato por la calle y en los trabajos de clase
han comenzado a incluir su nombre en el listado de pintores famosos (me
consta por los hijos de mis amigos y los comentarios hechos por mi propia
hija); y en las ferias de arte de La Habana montones de creadores le rinden
pleitesías y se esfuerzan en imitarle. (...) Podría
parecer una paradoja, una especie de contrasentido, la popularidad que
ha ido adquiriendo la obra de este artista frente a su esencia altamente
intelectualizada; y la alternativa más elemental para tratar de justificarla,
para intentar encontrarle un argumento prudente, funcional, es alegando
que sus creaciones son en extremo
minuciosas y alientan en su trasfondo la perfección; que se sustentan
sobre un fuerte verismo representacional o sobre preceptos hedonistas
bastante tradicionales, que pueden llegar a ser decodificados con facilidad. (...) Las escenas que de
modo tan perverso había ido urdiendo durante estos años como un verdadero
demiurgo, ya han comenzado a condensar su carga de extrañamiento, de ostracismo,
para sumergirse en el complicadísimo terreno de la inferencia colectiva.
Al afinar sus procedimientos, al escudriñar las metodologías que lo irían
conduciendo hacia una dilucidación cada vez más abstracta (2) de los procesos
de percepción artística (quien no recuerda aquella frase suya de los inicios,
que todavía se insinúa algo sarcástica: «Mi idea es acerca del arte, no
de la realidad») Montoto ha llegado a concebir una de las metáforas más
invocativas, aceradas; pero al mismo tiempo abiertas, comunicativas (densidad
por lucidez; concentración por transparencia) en el esfuerzo sostenido
de la plástica cubana por reflejar ese contraste entre lo inestable y
lo permanente, afianzado e incontinente, que impera como regularidad en
nuestro contexto social. Ha arribado al límite de una alegoría desgajada
en múltiples resonancias; pero que tiene en su instancia fundamental de
traslación, y sobre todo en la beldad con que seduce, su mayor virtud
de resumen y expansividad; meta que muy pocos han logrado saborear a lo
largo de estas décadas ambiguas
en las que se habla de una reconversión del paradigma estético, y en las
que las presunciones del métier aparentan reciclar su condición mediadora.
Si alguna dote han aportado sus complejas e intelectualizadas elucubraciones,
ha sido la sagacidad inusual para descubrir, y luego representar en imágenes,
la abundancia de matices, de múltiples aristas, conque esa dicotomía,
esa disparidad, puede expresarse en cada uno de los rincones de la vida
urbana o en el propio subconsciente del individuo. Tal como lo expresara
con una síntesis inmejorable el poeta cubano Pablo Armando Fernández,
Montoto «... puso los
ojos en opuestos que, en pareja, hacen real cuanto expresan y definen».
(3) (...) También debo subrayar
sobre el sentido de provocación -el cual constituye la base de su permanente
voluntad performática- que desde hace algunos años viene acercándose
a un punto álgido de interactividad con
el público, quien no sólo comienza a devolverle las respuestas
más insospechadas, sino a demandar de él, en consecuencia con su adicción,
un mayor número de incitaciones y contiendas. Quizás los ejemplos más
fehacientes de este comportamiento sean sus instalaciones Soledades
Voluptuosas (1999) y Pintura
de Cámara (2001). Pero de igual modo, también en su pintura los objetos
han empezado a reconcentrar su carácter inductivo, ya sea mediante el
reflejo más explícito de la huella del hombre, enfatizando el grado de
dialogicidad entre ellos mismos, o entrando en un vínculo de tensión aún
más penetrante con el ambiente, como puede verificarse en cuadros como
Seducida y abandonada (2000), Ínsula
de nieve (2001) o El poder abrazado
(2001). Además se verifica la aparición en el ambiente de otros nuevos
objetos, mucho más humanizados y crudos, que refuerzan la sugestividad
de obras como Desayuno sobre La Habana (2001), La reiteración (2001), La aparente esterilidad del pasado (2001)
o Retrato filosófico del trópico (2001), una de las piezas más logradas
a mi juicio del artista. En creaciones más recientes, las escenas incorporan
por sugerencia el trazo del graffiti, y tienden a repoblarse desde las
sombras (un efecto que insinúa una regresión al espíritu de aquella foto
memorable titulada El elogio de
la sombra, con la que trascendió a la vida pública en 1986), estoy
pensando en lienzos como Las palomas
vuelan desde China (2001), La
sombra del deseo (2001) o El borde de la herida (2002)... Me pregunto
si no será acaso también esto un indicio de mutuo acercamiento, de recíproca
tangencialidad. Por el momento puede
que muchas personas aún no hayan logrado compenetrarse con el entramado
de conceptos; con la primera, incluso, entre tantas envolturas reflexivas
que cubren la pintura de Arturo, en cuya instancia de conexión habrán
de estar jugando siempre un papel intermediario los sugerentes títulos
que construye. Lo que si me atrevo a asegurar es que la gente ya no es
tan impasible a sus composiciones como se pensaba; que en muchos
de sus cuadros intuyen la pulsación de lo cotidiano, la impresión
de inmediatez, de contingencia que emergen de sus simbólicos contrapunteos;
la pesadez dramática que se deja notar tras el aparente gracejo y desasosiego
de sus cuadros; o en última instancia, la embriaguez inquietante, la complacencia
turbada, en la que se ven reconocidos. Pienso que sólo interiorizando
sin prejuicios esta serie de argumentos que ahora aducen mis palabras,
sopesándolos desde sus múltiples consecuencias,
alcanzaremos a comprender por qué entonces, por sobre otros artistas legitimados
de forma oficial, pletóricos de artificios técnicos, que incursionan de
manera sistemática en géneros tan arraigados en los gustos del cubano
como el paisaje, el retrato, el bodegón, o la naturaleza muerta, la gente
elige en su generalidad las composiciones de Arturo Montoto, que no son
ni una cosa ni la otra y la expiación de todas ellas juntas; que prefieran
sus ambientes de atardeceres aciagos, nostálgicos; esa iluminación impropia,
de teatro, que se me antoja tan presagiante como la del viejo Wyeth, que
borra la claridad en derredor y cae con toda su languidez sobre el objeto
del deseo, pero ya inconquistable para siempre, inerte, abandonado. 2 No se
concibe un tema, un acontecimiento, por muy diáfano o elemental que sea,
que Montoto no hurgue, no indague, desde la más absoluta abstracción intelectual.
Hace unos días hablaba sobre el asunto con José Villa, escultor y uno
de los amigos más íntimos del artista, y este me confesaba que siempre
ha sido así; que cuando impartía clases en el Instituto Superior de Arte
de La Habana, era de los pocos profesores del claustro -por no decir el
único- que se trazaba metas de investigación bien complejas, rebuscadas,
que no sólo asumía con obstinada compostura, sino que sabía llevar hasta
sus últimas consecuencias. 3 Montoto y los opuestos complementarios. Pablo Armando Fernández. La Habana, 18 de agosto
de 1998. |